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El aumento de las temperaturas, la variabilidad climática y la transformación de los ecosistemas están facilitando la propagación de arbovirus como dengue, zika y chikunguña hacia regiones donde antes era impensable su presencia. Investigadores advierten que el cambio climático acelera los ciclos de vida de los vectores, amplía las zonas de riesgo y favorece la aparición de nuevos brotes, incluso en áreas de mayor altitud y de clima históricamente frío.

 

El Aedes aegypti transmite las enfermedades dengue, zika y chikunguña. Foto de Freepik.es.

 

Vivir en zonas de montaña ya no es garantía para evitar la propagación de enfermedades tropicales. El cambio climático afecta la aparición y propagación de arbovirus, un grupo de enfermedades infecciosas transmitidas por artrópodos, entre los que están incluidos los mosquitos.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las enfermedades transmitidas por vectores, causadas por parásitos, bacterias y virus, representan más del 17% de las enfermedades infecciosas y son responsables de más de 700.000 muertes al año.

Los vectores transmisores tienen ciclos ecológicos fuertemente influenciados por factores climáticos, por lo que el cambio climático influye directamente sobre la biología de los vectores transmisores de las enfermedades. Según Laura Silvana Pérez Restrepo, coordinadora científica del Laboratorio Genómico One Health de la UNAL Medellín: “Por ejemplo, a temperaturas más altas, se acelera el ciclo de vida del mosquito y se acorta el tiempo que el virus necesita para replicarse dentro del vector”.

Algunos de los arbovirus más conocidos en Colombia son dengue, zika y chikunguña. Otros no tan comunes, pero que también circulan en el país, son mayaro y oropouche. En general, los arbovirus generan miles de casos de fiebre al año, muchas veces sin diagnóstico preciso. Según Pérez Restrepo, aproximadamente el 60% de los casos de las enfermedades virales agudas no tienen causa identificada.

Las lluvias y las inundaciones facilitan el establecimiento de criaderos para la propagación de los vectores; a su vez, se aumenta la cantidad de ellos. En estas condiciones, los problemas que se acarrean no son solo ecológicos, sino también sanitarios y de salud pública, de acuerdo con la científica, quien explica que el cambio climático amplía la zona de riesgo llevando virus o patógenos a latitudes donde antes no existían, incluso a zonas de altitud media.

Por ejemplo, estudios recientes para Sur América muestran que la emergencia o reemergencia de virus como hantavirus, fiebre amarilla y rabia está asociada con ecosistemas deforestados o altamente fragmentados. Además, el virus oropouche, históricamente amazónico, se ha expandido en los últimos años por varios países de la región y está presentando casos importados en Norteamérica y Europa. Entre los factores implicados están la deforestación, los cambios en el uso del suelo y un clima más favorable para vectores, de acuerdo con el docente de la Facultad de Minas de la UNAL Medellín, Germán Poveda Jaramillo, quien hace parte del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) y es miembro de Número de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

Para él, “lo que preocupa no es cada enfermedad por separado, sino la posibilidad de nuevas combinaciones de paisajes degradados, olas de calor, incendios, mosquitos invadiendo áreas nuevas y poblaciones muy vulnerables”.

Incidencia del Fenómeno de El Niño y del cambio climático

El panorama se ha previsto desde hace décadas. En 1999, el inmunólogo William Rojas Montoya y el científico Poveda Jaramillo demostraron la relación entre la ocurrencia del fenómeno de El Niño y las epidemias de malaria en Colombia. Los estudios en torno al tema han continuado.

Una investigación de la UNAL, la Corporación para Investigaciones Biológicas (CIB) y el Programa de Estudio y Control de Enfermedades Tropicales (Pecet) de la Universidad de Antioquia, encontró que, durante el Fenómeno de El Niño, se aumenta la temperatura media aproximadamente 1,5°C. “Eso es suficiente para que el ciclo del parásito dentro del insecto, y el ciclo de vida del Anopheles (transmisor de la malaria), se acorten y tengan la posibilidad de picar más”, explica el profesor Iván Darío Vélez Bernal, investigador y fundador del Pecet.

“Pero ya eso no es una cosa excepcional, o que se presente solo durante el fenómeno de El Niño, la temperatura ha seguido aumentando de una forma sostenida. O sea que, en muchas regiones en las que antes era impensable la transmisión de enfermedades como el dengue, ya las temperaturas son óptimas para que vivan los mismos insectos que propagan enfermedades”.

El investigador recuerda que hace aproximadamente seis años se encontró a 2.300 m.s.n.m., en el Valle de Aburrá, el mosquito Aedes aegypti, transmisor de varias enfermedades: dengue, zika, chikunguña y fiebre amarilla. Las tres primeras enfermedades se dan en simultáneo en Colombia, donde el insecto circula por distintas alturas. Es decir, “poblaciones que vivían en tierras muy frías para el mosquito, ya son suficientemente cálidas, por lo que hay riesgo de infectarse”, explica. Hasta el 2020, aproximadamente, los casos de dengue se transmitían en casi todas las comunas de Medellín, no en los corregimientos. En 2024, se identificó que el 25% de los casos se dieron allí, donde anteriormente no se había registrado la enfermedad.

Los estudios han avanzado y, más recientemente, desde 2021, el Laboratorio Genómico One Health evalúa, en Leticia (Amazonas), Acacías y Villavicencio (Meta) y en Apartadó (Antioquia), la influencia del clima y cómo el cambio climático puede aumentar la distribución de vectores de enfermedades como dengue y malaria. A su vez, se han reportado casos de otras enfermedades, como el brote del virus oropuche en Leticia, en 2024.

La investigación hace uso de la metagenómica (estudio del material genético de especies microbianas usando secuenciación de ADN a gran escala), métodos estadísticos y de aprendizaje automático e inteligencia artificial para crear algoritmos que reconozcan patrones con el objetivo de identificar virus emergentes y reemergentes en el país, para así contribuir con la vigilancia epidemiológica en Colombia. De acuerdo con Alejandro Vásquez Echeverri, coordinador en Ciencia de Datos del Laboratorio, con esta metodología se han logrado predicciones de hasta ocho semanas para la ocurrencia de casos de dengue o malaria, las de mayor porcentaje de transmisión en el país, con un 50% y un 40%, respectivamente.

A partir de estas técnicas y el análisis del Índice de Niño Oceánico (ONI), en relación con los brotes de las enfermedades, los investigadores han identificado que estos se dan, sobre todo, durante las transiciones del fenómeno de El Niño al de La Niña, “o cuando venimos de un Niño con fuertes lluvias y empieza la sequía. Ese es un indicio de que, posiblemente, el cambio climático, con ciclos más cortos y apareciendo más rápido en nuestra latitud, está generando afectaciones”.

El Laboratorio Genómico One Health desarrolló un modelo computacional y proyecta convertirlo en un aplicativo que permita hacer monitoreo en tiempo real para realizar pronósticos. Adicionalmente, el proyecto de promoción, prevención y control de dengue de la Secretaría de Salud de Medellín se instaurará en la Sede, lo cual es interesante dado que se podrá tener acceso, por ejemplo, a información sobre la propagación de los vectores en la ciudad, lo que permite análisis más completos y generar modelos computacionales de pronóstico para la ciudad.

La vigilancia epidemiológica es fundamental, llama la atención el docente Vélez Bernal, pues señala que el riesgo es mayor cuando se trata de enfermedades nuevas, como fue el caso del Covid-19, causado por el virus Sars-Cov-2 de la familia coronavirus, dado que todas las personas fueron susceptibles de contagio al no tener anticuerpos. Pone otros ejemplos: los brotes de Chikunguña en 2014 y de Zika en 2021, que se extendieron rápidamente por Latinoamérica porque no había historia de los virus en el continente.

Otros factores

En Colombia el cultivo de mayor extensión, con casi 600 mil hectáreas, es el de la palma de aceite, según la Red de Información y Comunicación del Sector Agropecuario Colombiano (Agronet) liderada por el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural. Monocultivos como este aumentan el riesgo de la propagación de enfermedades y de sus vectores, en la medida en que disminuyen la biodiversidad de los ecosistemas, alteran los microclimas y favorece el contacto entre las personas y las enfermedades emergentes y reemergentes.

Así lo explica el profesor Poveda Jaramillo, quien manifiesta que en Colombia se han dado casos que confirman la relación entre el cultivo de palma de aceite y la enfermedad de Chagas en la Orinoquia. También, que, en el Catatumbo, campesinos que viven cerca de cultivos de palma y coca están sufriendo más leishmaniasis y Chagas.

Sobre deforestación, voluntad política y respaldo financiero a la investigación

Para bien o para mal, la deforestación responde a la política, de acuerdo con Poveda Jaramillo, quien expone los casos de Brasil y de Colombia. El primer país, con monitoreo satelital, control, multas y áreas protegidas, redujo la deforestación en la Amazonia en alrededor de 84% entre 2004 y 2012. Después, “bajo el gobierno de Bolsonaro, vinieron años de retroceso y, con el gobierno actual del presidente Lula, la deforestación volvió a bajar y hoy está en el nivel más bajo en la última década”, dice.

Con respecto a Colombia, el profesor Poveda Jaramillo indica que “tras el acuerdo de paz, la deforestación se disparó. En 2023 se logró la cifra más baja en 23 años, con una reducción del 36%, gracias a más control y acuerdos con comunidades. En 2024 volvió a subir un 43%, sobre todo en la Amazonia, impulsada por incendios, acaparamiento de tierras, ganadería y coca. En el primer trimestre de 2025, otra vez, se dio una reducción del 33% frente al mismo periodo de 2024, y un 54% menos en parques nacionales naturales: Tinigua, Chiribiquete y La Macarena. En conclusión, el bosque sí responde muy rápido a decisiones de gobierno, presión social y presencia o ausencia del Estado”.

La falta de financiación a la investigación científica en Colombia es un obstáculo, a criterio del investigador Vélez Bernal, pese a que el país tiene capacidad para generar conocimiento científico, cuenta con laboratorios y profesionales de calidad que permiten, incluso, el desarrollo de medicamentos. Estos desarrollos se truncan ante la limitación del presupuesto asignado a la investigación, incluida la financiación para ensayos clínicos.

Retos

“Justamente, por ser tropical, megadiverso y socialmente desigual, Colombia tiene retos adicionales para entender los riesgos de enfermedades nuevas y reemergentes. Ante más reservorios, más vectores potenciales, muchos de los cuales ni siquiera se conocen bien. Sabemos bastante de algunas enfermedades (dengue, malaria, Chagas, leishmaniasis), pero tenemos gran desconocimiento de todas las que podrían saltar de animales a humanos (virus como el Oropouche, hantavirus, hongos, virus o bacterias emergentes). Además, tenemos una gran complejidad ecológica y social”, dice Poveda Jaramillo.

Otros desafíos son: integrar el clima, el uso del suelo, la biodiversidad, las condiciones sociales y la salud en un mismo mapa de riesgo combinado; vigilar las enfermedades emergentes y reemergentes; traducir avances científicos en sistemas de alertas tempranas útiles para la toma de decisiones; implementar el enfoque One Health con coordinación institucional e incorporar la vulnerabilidad social en la evaluación de riesgos.

Para el académico, sí hay salida a la situación, pero no es fácil. Hay señales grandes de riesgo, pero también evidencias de que, “cuando se actúa en serio, las cosas cambian”. Según él, los informes del IPCC dejan dos mensajes. El primero, que con las políticas actuales nos acercamos a escenarios de aumento de temperatura de 2,5°C a 3°C si no se aceleran los recortes de emisiones de gases de efecto invernadero. El segundo, que todavía hay trayectorias “físicamente logrables” para limitar el calentamiento entre 1,5°C y 2°C, siempre que haya reducciones rápidas y fuertes de emisiones en esta década.

El docente, adicionalmente, es optimista al pensar que los pueblos indígenas son parte de la solución, pues los territorios indígenas en la Amazonia tienen, en promedio, tasas de deforestación mucho más bajas que otras. En ese sentido, considera primordial involucrar los conocimientos ancestrales indígenas y campesinos en la educación y discusión ambiental, “pero, sobre todo, en la construcción de políticas públicas y en la gobernanza”.

(FIN/KGG)

19 de noviembre de 2025