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Estudios previos señalan que 17 de 35 especies de mamíferos no voladores son arroyados en la ladera suroriental del valle de Aburrá. Foto: cortesía Juan Manuel Obando Tobón.

 

Una investigación sustentada recientemente y realizada como parte de una tesis de la Maestría en Bosques y Conservación Ambiental de la UNAL Medellín encontró, entre 2015 y 2018, 279 animales arrollados en 18 kilómetros de carretera que atraviesan parte del Sistema Local de Áreas Protegidas de Envigado. Los atropellamientos están asociados a las altas velocidades y al desarrollo urbano.

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Hace varios años y desde muy temprano, sin despertar el alba, se veía un hombre caminando por la loma de El Escobero, en Envigado. Sucedió con tanta frecuencia que llegaron a considerarlo como sospechoso. Por orden de los vecinos, policías lo requisaron en varias ocasiones hasta que se enteraron que, como ellos, él también inspeccionaba la zona, pero con la diferencia de que el suyo era un fin científico: la búsqueda de animales atropellados.

El hombre es Juan Manuel Obando Tobón, ingeniero forestal y estudiante de Maestría en Bosques y Conservación Ambiental de la UNAL Medellín, una suerte de investigador forense de la fauna que recorría durante unas cuatro horas aquella vía convertida en escena del crimen con el propósito de recoger datos para su tesis.

De tanto caminar el área los vecinos e incluso los conductores de buses que transitaban por el sector no solo comenzaron a reconocerlo sino también a ayudarle con reportes. En esa zona y en la Variante Las Palmas, sitios de desarrollo del estudio, encontró 279 animales arrollados. “Esos son los que uno alcanza a ver, y hablando de vertebrados, de insectos el número aún no está estimado”, cuenta.

La estrecha vía de El Escobero, rodeada de verde, es una carretera pendiente que atraviesa bosques bien conservados en los que se refleja gran parte de lo que es la cordillera central de Los Andes, según Juan Manuel. En cambio, la Variante Las Palmas es de movilidad permanente y el paisaje circundante está más intervenido, es zona de pastizales que poco a poco se están reemplazando por construcciones habitacionales o para comercio.

Cuando hizo los recorridos por el Escobero Juan Manuel identificó animales y agrupó los registros de acuerdo a requerimientos de hábitat y si correspondían a especies diurnas o nocturnas. Para mamíferos y reptiles tuvo en cuenta si estas eran terrestres, arborícoras o de ambos, es decir escansoriales. Las aves se agruparon según su estrato y forrajeo.

El investigador encontró 279 animales arrollados en carretera de los cuales hubo 127 mamíferos asociados a 21 especies, 116 aves representadas por 36 especies y 36 reptiles distribuidos en 7 especies. Dentro del total de vertebrados, se destacan 22 registros de especies en alguna categoría de amenaza.

Tanto El Escobero como la Variante Las Palmas atraviesan zonas de bosques del Sistema Local de Áreas Protegidas de Envigado. Los tramos donde se concentra el mayor número de atropellamiento están asociados a la máxima velocidad permitida, y en las noches son más frecuentes para el caso de reptiles y mamíferos. En aves, tanto en número como en riqueza de especies, están relacionadas con aves de actividad diurna. No obstante, la que fue más arrollada, Megascops choliba, conocida comúnmente como currucutú, es nocturna.

La presencia de procesos de urbanización activos, es decir que implican remoción de suelo, coberturas vegetales y maquinaria, estuvo asociada a los registros de atropellamiento de especies como Tigrillo lanudos (Leopardus tigrinus) y olinguitos (Bassaricyon neblina), pero no para otras.

Existen, además, otros factores. “Hay animales a los que se les juntan varias condiciones que los hace vulnerables. Por ejemplo, olinguitos y puercoespines, porque al ser arborícoras deben descender con frecuencia desde el dosel del bosque para cruzar. Hay otras especies rebuscadoras en zonas intervenidas, por lo que el contacto con las carreteras es frecuente, sea porque van por alimento o, como en el caso de las serpientes, por el calor que ofrecen. Para muchos organismos la vía es un atrayente”, cuenta..

Las altas velocidades son amenazas, pero también lo es el ruido asociado a las carreteras, la contaminación de las quebradas aledañas o la expansión de la urbanización, que puede tener impactos sobre las especies más sensibles a la transformación del paisaje, que generalmente son las más amenazadas.

Juan Manuel no basa el discurso en los absolutos que traduciría por ejemplo frenar el desarrollo de la construcción, pero sí genera un espacio para la reflexión sobre la pertinencia de fijar la atención en estos asuntos y, en el caso de los límites de velocidades en las vías, reducirlos si es necesario.

Sobre el auge de la urbanización cuestiona que “debe existir mayor sinceridad en la planeación del trazo de carreteras, y así reconocer a qué presiones se enfrentará la fauna local y regional”.

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Juan Manuel colectó datos durante cuatro años, y de caminar pasó a hacer el seguimiento con cámaras trampa y en un vehículo cuando hizo parte de proyectos del Sistema Local de Áreas Protegidas de Envigado, pero no antepone ese método a su interés de estar más cerca de los animales, pues así puede percibir de cerca cómo se mueven, cómo utilizan las carreteras. En sus palabras, “se siente el rigor de las vías, permite una mejor comprensión del asunto”.

Caminar le permite a Juan Manuel retirar de las vías los cuerpos de los animales muertos, una acción que califica como sencilla y vital. Los lleva a la vegetación que rodea la carretera para evitar más riesgos: exponer al peligro de las altas velocidades a fauna carroñera.

Los vecinos de El Escobero se acostumbraron a verlo, pero él jamás podrá habituarse, por más que así lo implique su trabajo, a ver sangre, órganos expuestos o a sentir el hedor de la muerte, la misma que lo motiva a documentarla para enviar el mensaje de valorar la vida. Suena obvio en esos términos, pero lo que Juan Manuel quiere con esto es que se conozca la biodiversidad que hay cerca de las carreteras, las franjas de asfalto por las que transcurre parte de la vida de los ciudadanos que se movilizan a través de ellas.

No cree justo, y en efecto no lo es, conocer muertas nuevas especies para él como la chucha de agua, un marsupial asociado a las quebradas que vio, por primera vez, tendido en la carretera dos meses antes de comenzar el estudio. Tampoco quiere enterarse de casos como el del yaguarundí, del cual el primer registro que hubo en el valle de Aburrá fue por atropellamiento.

A Juan Manuel le gusta hablar de las montañas, porque en Medellín se pueden ver desde el metro o desde los barrios mientras se habla con amigos, pero a pesar de tenerlas, dice, “olvidamos que estamos en la cordillera central de los Andes y lo que eso significa. A veces ni sabemos qué hay ahí o cuál es la fauna andina. Es lamentable que gran parte de eso se conozca arrollado en las carreteras”.

Juan Manuel, expresa, siente fascinación por lo que no se tiene la certeza de comprender aun estando ahí. Le gustan los enigmas del bosque, de los que además, lo maravilla, su diversidad en flora y fauna, aquella que muchas veces está cerca de las carreteras.

Ir al volante, además de prudencia y de estar alerta requiere de sensibilidad hacia los otros seres, incluso si estos no son humanos. Es una máxima de respeto. Gonzalo Arango lo escribió en el poema No matar:

La realidad del universo
es el misterio.
Lo que existe es necesario.
No mates ningún ser
ni inocente ni monstruo;
todo animal eres tú mismo
en evolución de ser.

(FIN/KGG)

1 de marzo de 2021